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Esos
días, sobre todo domingos, en los que uno aborrece la ciudad y todo lo
conocido, es un buen momento para aventurarse a darse un almuerzo en
Aubergine, el restaurante alemán enclavado en La Colonia, Cambita
Garabito, que goza del buen clima de esa parte montañosa del sur y de
su increíble vista.
Cuando descubrimos que “Aubergine” significa
berenjena en francés sospechamos que probablemente habría alguna
especialidad que la incluyera, y nos equivocamos, eso y el plato de
salchichas, sumado a la vista, hicieron que la visita valiera la pena.
El
camino es toda una aventura. Se toma la avenida 6 de noviembre, la
nueva autovía del Sur, y cuando se gira en la entrada de Cambita, ahí
se comienza a subir. En el desvío de las presas de Higuey y Aguacate se
gira a la izquierda y se sigue hasta el desvío de La Colonia. El camino
es empinado y tranquilo, y en la ruta hay algunas señalizaciones con el
nombre de “Aubergine” y una flecha, en los postes de luz.
En un
último giro por la ruta se abre sereno el restaurante y hotel. Sí,
porque tienen 4 habitaciones para los que les dé por pasar la noche
disfrutando del clima friíto y de la tentadora vista. Como nos lo
imaginamos, pero un poco mejor. Hay todo un balcón que se abre a la
vista montañosa y que deja ver los colores que se le antojaron al cielo
ese día. A nosotros nos tocó uno de estos días nublados, pero llovió
muy poco –no esperábamos menos del Sur- y aún así el cielo era todo un
espectáculo.
Haciendo honor al ambiente alemán pedimos unas
cervecitas, y un plato de salchichas. El plato trae tres variedades. La
condimentada, la clásica alemana más ancha y la más fina. Viene servida
en un coqueto platito de madera, con mostaza Dijon (o casera estilo
Dijón, podía ser) en medio. También nos llevaron un sabroso platito de
papas fritas, cortadas en forma circular, con catchup. De las tres
opciones de berenjena que vimos en la carta, nos llamó mucho la
berenjena rellena de carne con crema de leche y vino. Nos llegó una
berenjena crocante y abierta, con un guiso de carne muy sabroso. Nos
perdimos una opción de berenjena rellena de Camembert, que tenía muy
buena pinta. El restaurante también ofrece variadas opciones de
carne a la brasa, y en salsa. Quedamos tentados de probar el goulash
húngaro, pero prometimos que lo probaríamos la próxima visita. También
se veían muy bien las carnes a la brasa que disfrutaron nuestros
vecinos, y una especie de pechuga rellena de queso y jamón empanizada.
Sabemos que no está bien eso de husmear la comida ajena, pero todo sea
por informar bien a nuestros lectores.
De los precios digamos
que ellos cobran el precio de estar en ese ambiente, y de quizá no
tener un flujo de clientes tan nutrido. El plato de salchichas, más la
berenjena, tres cervezas y una sambuca hizo 1,096 pesos, que si bien no
es una fortuna, tampoco es gracioso cuando no se comió comió.
En
resumen vale la pena probar un plato fuerte, y no entretenerse
demasiado con las entradas. Pero bueno, ya que uno decidió emprender el
viaje, es mejor ir un día de holgura de efectivo. Las habitaciones
del hotel son cuatro, dos de las cuales tienen vista a la montaña. Nada
del otro mundo. Un techo montañoso y un bañito, pero sí un espacio
ideal para parejitas que quieran improvisar una noche lejos de casa.
El
ambiente del restaurante es muy familiar. Ese domingo que fuimos habían
muchas parejas jóvenes con niños, que fueron felices con las salchichas
y las papas fritas. |